miércoles, 23 de febrero de 2011

Jerónimo Gracián llega a Pastrana (parte 2)


Pero sus problemas no se restringían a la rutina del convento. Doña Juana, su madre, estaba muy enferma y, además, no aceptaba de buen grado la elección que su hijo había hecho. Quiso el buen Dios que Gracián fuese informado sobre un plan para asesinar al Príncipe Ruy Gómez . Aunque sólo fuera novicio abandonó Pastrana y se fue a Madrid para auxiliar al príncipe que, gracias a su ayuda, se libró de la muerte que contra él estaba siendo preparada .

Al mismo tiempo, sabiendo que su madre estaba muy mal de salud y, además, grávida, aprovechó su viaje a Madrid para visitarla. Aquí, es mejor dejar que el propio Gracián nos relate esta visita:

“Y como me vio contento y le aseguré que no había tomado el hábito por descontento alguno sino por servir a Nuestra Señora, ella se volvió a una imagen, y en presencia de Fray Baltasar Nieto, que era mi prior e iba conmigo (que esto acaeció antes que él se fuese a la fundación de los Calzados), dijo estas palabras: ‘Señora, yo he estado muy necia en tener sentimiento de que me hayáis tomado un hijo para vuestro servicio. Ahora yo os le doy de muy buena gana, a él y a mí y a todos mis hijos y marido.”

Estas palabras deben haber causado un efecto positivo y renovador en el espíritu del novicio Gracián, pues él estaba muy preocupado intentando que su madre comprendiera y aprobara su decisión de abandonar una vida confortable para entregarse, en cuerpo y alma, a los rigores de la vida carmelitana descalza. El sabía que la resistencia de doña Juana tenía su origen en las intrigas e invenciones que algunos hacían. Le hicieron creer, por ejemplo, que él se había refugiado en el convento carmelita por razones puramente humanas, por alguna contrariedad que había habido y no conseguía aceptar eso. Imaginaba que su hijo, a quien tanto quería, estaba huyendo del mundo y esto, además de triste, la dejaba irritada. Por supuesto que ésa era la razón de la brusca respuesta que daba a los que le decían:

- “Consuélese, doña Juana, la señora dio un hijo a Nuestra Señora”.

- “No se lo di, ella me lo quitó”. Respondía.

Ahora todo estaba claro. Doña Juana estaba en paz, reconciliada con su hijo y, sobre todo, con aquella que siempre había sido su predilecta: la Madre del Niño Jesús.

Habiendo colaborado salvando la vida de Ruy Gomes y tranquilizado el espíritu de su madre, retornó al noviciado de Pastrana, donde continuó a desarrollar su espíritu de mortificación y de dedicación a los asuntos del convento.

Cf. Gracián, - Historia de las Fundaciones – Roma : Instituto Histórico Teresiano, 1977 p. 551-553
Ruy Gómez de Silva (1516-1573), portugués de nacimiento y personaje influyente en la corte española, en la cual se estableció el año 1552. Se casó con Ana de Mendoza, princesa de Eboli, en 1552. En 1569 donó la ermita de San Pedro de Pastrana al P. Ambrosio Mariano. (Cf. Fundaciones de Santa Teresa 17, 11)
Según parece, Gracián supo de este plan a través de la confesión. Habían dado un tipo de veneno al príncipe y como los médicos no sabían nada, estaban aplicando un tratamiento equivocado. Aclarando de qué se trataba, Gracián intervino y esto hizo que los médicos utilizaran un antídoto eficaz, salvando al príncipe de una muerte cierta.
Cf. Gracián, - Peregrinación – p. 15

AUTOR: José Alberto Pedra, OCDS
Traductor: Fr. Luis David Perez

sábado, 29 de enero de 2011

Jerónimo Gracián llega a Pastrana (parte 1)


El convento de Mancera prosperó y dejó de ser noviciado. El de Pastrana pasó a ser el único y principal centro de formación de los novicios. Todo parecía funcionar bien, pero la Madre Teresa notó que algo estaba ocurriendo en aquella casa de formación y se alarmó. El maestro de novicios, Ángel de San Gabriel, usaba métodos poco recomendables y prudentes, contrariando las directrices que Juan de la Cruz había dejado.

El noviciado de Pastrana contaba en aquella época, aproximadamente, con unos 30 novicios y entre ellos se encontraba Jerónimo Gracián que vivamente nos cuenta algo de lo que por allí se pasaba: “Otros recién profesos – aunque ordenados – carecían de letras, y aun algunos de experiencia y prudencia; en tanto grado, que acaeció alguno tomar un novicio y estarle azotando las espaldas desnudas hasta que encendiese fuego en leña mojada con la oración sola, sin poner lumbre, como hizo nuestro padre Elías, diciendo que en esto se había de conocer la perfección” .

Aquel noviciado, tan deseado, que le costó años de sufrimientos, fue el comienzo de nuevas pruebas y dramáticas tentaciones de abandonar su vocación al Carmelo Descalzo. Dios vendría en su auxilio gracias a la Madre Isabel de Santo Domingo, Priora del convento de monjas de Pastrana. La Madre Isabel tenía, por supuesto, un don especial. Así nos lo cuenta el mismo Gracián:

“Pues en aquellas aflicciones que te dije en el año del noviciado, cuando me quise salir, diome Dios por consuelo a la madre Isabel de santo Domingo (que entonces era priora de las Carmelitas Descalzas de allí y después fundadora de las de Segovia y Zaragoza) que en hablándola y contándola mis tentaciones y pensamientos – aunque no me dijese nada más que oírme – huían luego los nublados de mi corazón y se serenaba el cielo de mi espíritu y salía el sol y luz de alegría acostumbrada.”

No era sólo el estado precario de Pastrana que provocaba en Gracián tantas dudas y tentaciones: el exceso de trabajo, asumir responsabilidades que no eran propias de los novicios, llevaban al joven padre a casi un agotamiento. Aunque novicio, ya era sacerdote, con experiencia de púlpito, confesiones y otros apostolados. Esta condición hacía que se destacara entre los demás; así, tuvo que asumir, muchas veces, la dirección del convento, ayudar en la formación de los otros novicios, preparar sermones, atender confesiones – principalmente de las monjas Descalzas que estaban en Pastrana -, salir del convento para buscar subsistencias para sus hermanos, atender a las necesidades espirituales en los pueblos vecinos . Estas fueron algunas de las obligaciones designadas a él, además de aquellas que eran propias de todos los novicios.

AUTOR: José Alberto Pedra, OCDS
Traductor: Fr. Luis David Perez

domingo, 2 de enero de 2011

Cap. III (2ª parte) "NOVICIO EN EL CONVENTO DE PASTRANA"


Algunos antecedentes: las primeras fundaciones de los frailes

Durante esas visitas tuvo la oportunidad de exponer al P. Rubeo las ventajas e importancia, para la Iglesia, de extender por toda España aquel nuevo estilo de vida en “obsequio de Jesucristo”. La Madre Teresa era una mujer que convencía y el P. Rubeo, además de ser sensible a las cosas de la Iglesia y de la fe, era también un buen político. Sabiendo que Felipe II deseaba reformar la vida monástica en todo su reino – pues la juzgaba muy relajada -, entendió que podría agradar a Dios y al Rey apoyando la iniciativa de Teresa de Jesús.

Al partir de Ávila, dejó una carta para la Madre Teresa, donde había escrito: “A la Rvda. Madre Teresa de Jesús, concedemos la facultad y el poder de fundar monasterios de monjas de nuestra Sagrada Orden, en cualquier lugar del reino de Castilla, donde se viva la Regla primitiva, con el modo de vestirse y otras maneras que tienen y observan en San José”.

Una segunda carta, todavía del P. Rubeo, ampliará el territorio concedido al proyecto teresiano: “Nuestras licencias se extienden a toda Castilla, la Nueva y la Vieja”.

Teresa quería más, quería realizar su antiguo sueño: fundar monasterios para frailes sujetos a la observancia de la Regla primitiva. Su sueño comenzó a tornarse realidad con una tercera carta patente del P. Rubeo quien le autorizaba a fundar esos conventos.

Transformar dicha autorización en realidad era el nuevo desafío de Teresa. ¿Dónde encontrar Padres dispuestos a vivir ese estilo de vida? Como siempre, Teresa buscará auxilio junto a su amado Amigo: Su Majestad, Jesucristo. Pide insistentemente que le envíe esos Padres y El se los enviará: despacio y de modo sorprendente.

Teresa había dejado el Carmelo de San José acompañada de otras hermanas para fundar un nuevo convento. Su destino era Medina del Campo. Teresa funda este convento: “San José de Medina del Campo”. Era el año de 1567 todavía no había pasado un año desde que el P. Rubeo autorizase la fundación de nuevos monasterios.

La enorme simpatía y la santidad de Teresa de Jesús, la vida austera que se vivía en aquel monasterio fueron, lentamente, atrayendo amigos y bienhechores. Las visitas eran constantes y variadas, pero se destacaba la del prior del convento de los carmelitas, de observancia mitigada: P. Antonio de Heredia. Tratábase de un noble, de esmerada formación, ex-alumno de la Universidad de Salamanca. Tenía todos los requisitos para los altos cargos eclesiásticos. Conocer a Santa Teresa le dejó impresionado. Cuando Teresa le dijo que había recibido autorización del P. Rubeo para fundar dos conventos masculinos pero que estaba con dificultades para encontrar frailes dispuestos para tal empresa, Antonio de Heredia, no dudó: - Yo seré el primero!

“Yo lo tuve por cosa de burla – escribió Teresa – y así se lo dije; porque aunque siempre fue buen fraile y recogido y muy estudioso y amigo de su celda, que era letrado, para principio semejante no me pareció sería, ni tendría espíritu ni llevaría adelante el rigor que era menester”. Durante un año soportó muchas dificultades y persecuciones debido a falsos testimonios, dando la impresión de que el Señor deseaba probarlo, y lo soportó todo. “Y él lo llevaba todo tan bien y se iba aprovechando tanto, que yo alababa a nuestro Señor” . La Madre Teresa tenía ya su primer seguidor y simiente para la fundación del primer convento masculino de Carmelitas Descalzos.

Pasados algunos días, llamaron a la puerta del monasterio dos Padres jóvenes – formados en la Universidad de Salamanca - : Fray Pedro de Orozco y Fray Juan de Santo Matías. Fray Pedro habló tan bien de su compañero que la Madre Teresa quiso conocerlo mejor. Cuando se entrevistó con él, contó sus proyectos e intentó convencerle de lo bueno que sería para él, ya que buscaba la perfección, que lo hiciera dentro de la propia Orden pues así serviría mejor al Señor.

Fray Juan de Santo Matías – futuro San Juan de la Cruz – tenía un temperamento que parecía no corresponder a su tamaño: poco más de metro y medio de altura. Aunque le encantaron los planes propuestos por la Madre Teresa y viera en ella gran sinceridad y santidad, tenía sus propios proyectos: quería retirarse, inmediatamente, para la vida eremítica, y tenía mucha prisa. Quizás haya sido ésta la razón por la cual, aunque le había fascinado la propuesta de Teresa, impuso a la Madre una condición: “que no tardase mucho” la instalación de aquel convento.

La Madre Teresa se encantó con aquel frailecito y no ahorró elogios en una carta que envió a Don Francisco de Salcedo: “aunque pequeño de estatura, entiendo que es grande a los ojos de Dios. (...) es prudente y apropiado para nuestro estilo de vida, y así creo, le ha llamado Nuestro Señor para esta obra...”.

Teresa tenía los frailes. Le faltaba, ahora, un lugar para colocarlos. No tardo en aparecer: una casita en un lugar con pocos habitantes ofrecida por un señor de Ávila. La Madre Teresa no esperó mucho y se puso a camino para conocer el lugar. “Mi compañera, aunque mucho más amiga de penitencias que yo, no soportaba la idea de que yo hiciera allí un convento y me dijo: “Cierto, madre, que no haya espíritu, por bueno que sea, que lo pueda resistir” . Podemos imaginar el estado de la casa!

Retornando a Medina del Campo, llamó a Fray Antonio y a Fray Juan y, muy objetivamente, les habló sobre la pequeñez y pobreza de la casa. De ellos sólo oyó entusiasmadas manifestaciones de alegría.

La Madre Teresa dejó a Fray Antonio cuidando de las reformas de la casa y viajó con Fray Juan para Valladolid. Se trata de un momento crucial. Juan será el heredero del carisma de Teresa, será quien deberá mantener y transmitir, para la rama masculina, el ideal teresiano. La propia Teresa de Jesús nos narra: “había lugar para informar al Padre fray Juan de la Cruz de toda nuestra manera de proceder, para que llevase bien entendidas todas las cosas, así de mortificación como del estilo de hermandad y recreación que tenemos juntas... El era tan bueno, que al menos yo podía mucho aprender de él que él de mí: mas esto no era lo que yo hacía, sino el estilo del proceder las hermanas” .

El día 28 de noviembre de 1568 se inauguró el convento y se dio inicio a la vida descalza con San Juan de la Cruz, Antonio de Jesús y otros dos que comenzaban a hacer una experiencia. El pequeño monasterio se trasladó, en junio de 1570, de Duruelo a Mancera: no había espacio en el primero para los nuevos candidatos que se presentaban. Por otra parte, aquella primera fundación de religiosos fue creada para ser residencia, lo que excluía, según las Constituciones, la posibilidad de recibir novicios.

AUTOR: José Alberto Pedra, OCDS
Traductor: Fr. Luis David Perez

sábado, 18 de diciembre de 2010

CAP.3º: "NOVICIO EN EL CONVENTO DE PASTRANA"


Algunos antecedentes: las primeras fundaciones de los frailes

En su estudio sobre el Carmelo Teresiano, el P. Ildefonso Moriones llama la atención en que es necesario evitar ciertas imprecisiones cometidas por algunos historiadores. Algunas de estas imprecisiones todavía persisten en relatos sobre la historia de la fundación de la rama masculina de los Carmelitas Descalzos.

Moriones nos advierte que una de estas imprecisiones es la idea de Santa Teresa como Fundadora da la rama masculina del Carmelo Descalzo. No existe duda de que, efectivamente, Santa Teresa es la animadora principal, el “alma mater”, la protagonista del movimiento religioso que quedará siempre unido a sus Fundaciones. A pesar de eso, “a diferencia de lo ocurrido en el desarrollo de las fundaciones de monjas, sector en el que ella figuró prácticamente siempre como la Madre Fundadora, en el desarrollo de las fundaciones masculinas interfieren otros muchos elementos históricos y circunstanciales que no siempre permitieron a los protagonistas de siglo XVI discernir con entera claridad la corriente religiosa en que se hallaban comprometidos.” Esto no quita el mérito de Santa Teresa así como el reconocimiento de lo que ella representa. Sin ninguna duda es la fundadora, la principal y singular fuente que alimentó y sigue alimentando – con su carisma celestial – la rama masculina del Carmelo Descalzo.

Nosotros sabemos – esto nos lo afirma la propia Santa – que comenzó muy pronto a desenvolver la idea de fundar algunas comunidades masculinas, al estilo del Carmelo de San José que ella había fundado por inspiración divina . Pero todavía no había llegado la hora, y Teresa se dedicará totalmente a las negociaciones para consolidar y extender la reforma del Carmelo que – en realidad - vendría a ser la Fundación de una nueva Orden dentro de la Iglesia. Solamente más tarde, después de cinco años desde su fundación de monjas, la Santa consiguió iniciar esta nueva idea.

Resumiendo, los hechos ocurrieron así: en 1567 llegó a Ávila el P. Juan Bautista Rubeo de Ravena – Superior General de la Orden del Carmen – y, habiendo hecho varias visitas al Carmelo de San José, percibió que allí existía una fuente que no podía desperdiciarse.

Durante esas visitas tuvo la oportunidad de exponer al P. Rubeo las ventajas e importancia, para la Iglesia, de extender por toda España aquel nuevo estilo de vida en “obsequio de Jesucristo”. La Madre Teresa era una mujer que convencía y el P. Rubeo, además de ser sensible a las cosas de la Iglesia y de la fe, era también un buen político. Sabiendo que Felipe II deseaba reformar la vida monástica en todo su reino – pues la juzgaba muy relajada -, entendió que podría agradar a Dios y al Rey apoyando la iniciativa de Teresa de Jesús.

Cf. Moriones, I. – El Carmelo Teresiano y sus problemas de memoria histórica – Vitoria: Ediciones El Carmen, 1997, p. 37
Cf. Vida 32, 11

miércoles, 8 de diciembre de 2010

CAPITULO II, ultima parte: "En Alcalá de Henares"

Habiendo desistido de entrar en la Compañía, pasó un año y medio sin conseguir decidirse por alguna Orden. El mismo Gracián nos dice tener: “... peleado casi año y medio con la vocación, que no es pequeño tormento […] todas las razones naturales eran contrarias en mí a este estado: falta de salud, flaqueza natural, cansancio de estudios, obligación a mis padres y hermanos […] Todo esto peleaba, de una parte, contra un encendido deseo que tenía de servir a Nuestra Señora, y, de la otra, como comenzaba entonces la reformación de esta su Orden, parecíame que me llamaba mi Señora para ella.”

Grandes eran sus dudas, pero la providencia iba colocando en su camino pequeños peldaños que le llevaban, cada vez más, cerca de la Orden que acabaría abrazando. Uno de estos peldaños fue el sermón que las Carmelitas de la Imagen le encomendaron sobre la antigüedad de la Orden del Carmen. La preparación de este sermón le obligó a estudiar con calma el origen de tal Orden y, conociéndola mejor, se enamoró de ella.

Su sermón fue tan eficaz y convincente que hizo que uno de sus amigos de Universidad, el maestro Roca, ingresara en la Orden.

Un segundo peldaño colocado en el camino de Gracián, nos lo cuenta, de modo apasionado, la misma Teresa de Jesús. Estando él lejos de decidirse a tomar el hábito del Carmen Descalzo fue llamado para ayudar a la Priora del Carmelo de Pastrana a la hora de recibir una monja. “¡Que medios toma la divina Majestad!, que para determinarse a ir de allí a tomar el hábito tuviera por ventura tantas personas que se lo contradijeran, que nunca lo hiciera. Mas la Virgen nuestra Señora, cuyo devoto es en gran extremo, le quiso pagar con darle su hábito. Llegando a Pastrana, continua Teresa, “fue a hablar a la priora para que tomase aquella monja, y parece que la habló para que procurase con nuestro Señor que entrase él […]Pues acaeciéndole a esta priora lo que a los demás, diole grandísima gana de que entrase en la Orden, y díjolo a las hermanas, que mirasen lo que les importaba, porque entonces había muy pocos o casi ninguno semejante, y que todas pidiesen a nuestro Señor que no le dejase ir, sino que tomase el hábito.”

De todo esto Gracián solo se enteró más tarde. Lo que tampoco sabía es que una Santa rezaba por él desde hacía un año, para que tomase el hábito en los Carmelitas Descalzos. Esta Santa no era otra sino su propia fundadora: Teresa de Jesús. Y este fue el principal peldaño que la Providencia le puso para superar sus indecisiones: las oraciones de las monjas Descalzas.

Aunque de salud frágil, tenía un temperamento fuerte y decidido. Se puede decir que era como una vara de bambú: parecía frágil, pero era resistente; se doblaba con las tempestades pero no se rompía. Al fin de sus tormentos, provocado por la indecisión del camino a tomar, él – decidiéndose por el Carmelo Descalzo – se expresó así: “no pudiendo sufrir el ímpetu de los pensamientos que venían de amor de Nuestra Señora, diciendo entre mí ‘Si ha habido muchos hombres nobles que por amores de una mujer de la tierra se han cegado, y dejado perder hacienda, honra y vida, acuchillándose, etc., ¿por qué tengo yo de reparar en cosa alguna, pues me ciega el amor de tal Señora? ¡Muera mucho enhorabuena! que a cabo de algunos meses de tomado el hábito, con la aspereza que allí se profesa, perderé la vida: yo la doy de muy buena gana a mi Señora la Virgen María.” .

El círculo se había cerrado, Gracián no escaparía más del dulce abrazo de la Señora Virgen María y del carisma que la Divina Gracia había transmitido a Santa Teresa de Jesús. Su decisión por la "Descalcez" fue definitiva, hasta tal punto de afirmar que, si fuera necesario, entraría en la Orden de los Carmelitas Descalzos aunque tuviese que hacerlo a "fuerza de espada". Claro que, contrario como era a toda violencia, con esa expresión quería dejar claro que su decisión era definitiva. Y con tal decisión se fue al convento de San Pedro, de los Carmelitas Descalzos, de Pastrana.



11 Cf. Gracián – Peregrinación – pp. 7-8
12Cf. Santa Teresa de Jesús – Fundaciones – Cap. 23, 3
13Cf. Idem, Cap. 23, 4.6-8
14Cf. Gracián – Peregrinación... pp. 9-10


AUTOR: Jose Alberto Pedra ocds
TRADUCTOR: Fray Luis David Perez ocd

sábado, 27 de noviembre de 2010

En Alcalá de Henares


CAPITULO II, primera parte: "En Alcalá de Henares"

Estudiar en la Universidad de Alcalá de Henares era, de hecho, una gran honra para quien consiguiese ser seleccionado. La universidad, conocida también como Complutense – trasladada más tarde a Madrid -, fue uno de los centros más importantes de la vida intelectual europea y base de la expansión cultural española.

Fundada en 1499 por el Cardenal Francisco Jiménez de Cisneros, contaba con una estructura administrativa y didáctica totalmente innovadora para su época. El Cardenal estableció para la Complutense tres grandes objetivos, siendo el primero totalmente religioso: la universidad debería ser una institución de enseñanza para formar eclesiásticos que recuperasen los valores de la espiritualidad antigua que fueron totalmente abandonados durante los siglos de la baja Edad Media.

Cisneros quería dar solución a uno de los mayores desafíos de la época: la reforma de la Iglesia española. Era necesario renovar no solamente la preparación intelectual del clero, sino también preparar hombres capaces de envolverse adecuadamente en las cuestiones de gobierno, o sea, administradores competentes. Era este el segundo objetivo. El tercero consistía en revisar y sistematizar los textos doctrinales de la Iglesia que, en aquella época, padecían de una libertad de interpretación nefasta para la correcta doctrina cristiana.

Gracián consiguió su matrícula en el año académico 1564-1565. Escogió el Curso de Artes. Al acabar el tercer año, obtuvo el título de “Bachiller en Artes”; un año más tarde recibió el grado de “Licenciado en Artes”. Con este último título, fue declarado apto para la enseñanza. Acabado este año, tuvo, con su padre, una nueva divergencia: Don Diego Gracián quería al hijo junto a sí, tenía mucha esperanza en que su hijo le ayudara en los múltiples trabajos como secretario en la Corte. Este deseo paterno contrarió enormemente al joven maestro en Artes pues, además de no tener simpatía alguna para con la vida de la Corte, estaba naciendo dentro de sí el deseo de seguir la carrera eclesiástica.

Había comenzado a sentir que estaba llamado para otras actividades y que debía prepararse para ellas del mejor modo posible. Siendo así, solicitó su matrícula y fue aceptado en la Facultad de Teología. Acabados los cuatro años de teología, le ofrecieron hacer el doctorado, que le exigiría otros cuatro años de estudio. Determinado, Gracián aceptó la oferta y los concluyó en 1572. Sólo faltaba el examen final para obtener aquel título cuando, de modo inesperado, abandonó su brillante carrera universitaria para dar un nuevo rumbo a su vida.

¿Qué había ocurrido? Gracián nunca declaró las razones de su renuncia al título de doctor, título que sería de gran ayuda para sí y para su familia, pues el Rey estaba dispuesto a concederle ventajas económicas y un puesto eclesiástico importante. Este último era perfectamente posible, pues Felipe II, además del poder temporal, tenía una gran influencia en los asuntos de la Iglesia y, además, Gracián había recibido – cuando todavía era estudiante – la ordenación sacerdotal y, por lo tanto, estaba capacitado para recibir cargos eclesiásticos.

AUTOR: José Alberto Pedra, OCDS
Traductor: Fr. Luis David Perez

sábado, 13 de noviembre de 2010

Primeros pasos


Parte II

...En Valladolid y siguió sus estudios de gramática y humanidades. Concluye su formación humanística con el estudio de retórica y griego. Más tarde, cuando ya tiene 14 años, se va con su familia a la ciudad de Toledo, siguiendo a la Corte Imperial de Carlos V. En Toledo, comienza sus estudios de arte, al mismo tiempo que continua con sus estudios clásicos.

Acabados estos, surge el primer gran conflicto familiar entre padre e hijo. Don Diego no quería que su hijo Jerónimo se dedicase a una carrera universitaria, sino que ingresara en la Corte para ayudarle en los servicios de secretaría del Rey. En esta época, Jerónimo Gracián tenía como confesor al P. Martínez, jesuita experimentado y gran conocedor de la capacidad del alma de aquel joven que ya presentaba brillo académico y grandes virtudes cristianas. Sus dotes de inteligencia y los argumentos del P. Martínez convencieron a Don Diego de que sería un desperdicio sujetar un ave tan rara y valiosa en las redes de la burocracia del palacio del Rey. Don Diego le dio su bendición y le autorizó para continuar con sus estudios. El joven Gracián, entonces, fue a Alcalá de Henares a frecuentar, nada menos, que la famosa Universidad Complutense.

Ayudado por su director espiritual, también maduraba en sus valores morales y cristianos. Se cuenta que su madre se impresionaba con el comportamiento del hijo, saludable como era, y que no esperando otra cosa de un hijo joven sino los problemas propios de la juventud, que este prefiriera refugiarse en casa, en el oratorio de la familia, dedicando largo tiempo a la oración, con una devoción especial a la Santísima Virgen, para con quien siempre tuvo mucha devoción. Esta devoción le acompañó durante toda su vida. Él mismo nos narra que, bajo el hábito continuamente llevaba una imagen de Nuestra Señora. Esta costumbre fue, en determinada ocasión, motivo para que sus enemigos divulgasen infamias contra él, insinuando actitudes maliciosas sobre esa simple devoción a la Madre de Dios.

Sus años de estudio, paz y oración, pueden ser comparados –salvadas las distancias– a los de los grandes profetas que vivieron en el silencio antes de ser llamados para sus grandes misiones. Santa Edith Stein, en una ocasión, escribió que los proyectos de Dios se preparan en el silencio. En el silencio, Dios labra las “piedras vivas” preparándolas para las grandes luchas necesarias para la construcción del Reino de Dios. En el diálogo silencioso del corazón humano con Dios, los instrumentos escogidos se forjan para ser obreros en esa construcción . Gracián será uno de estos grandes trabajadores.
Cuando lo conoció, ya con treinta años, Santa Teresa sintió que Dios le había enviado un gran maestro de obras o, según las palabras de nuestra Santa: “Y como yo estaba con tanta fatiga, en viéndole, parece que representó el Señor el bien que por él nos había de venir; y así andaba aquellos días con tan excesivo consuelo y contento, que es verdad que yo misma me espantaba de mí.”

Hasta llegar aquí, Gracián tendrá que recorrer un largo camino. Los cursos en la Universidad de Alcalá le estaban esperando, lo mismo que muchos otros problemas, pues su padre – aunque fuese secretario del Rey – no tenía medios suficientes para costear los estudios universitarios del hijo. No fueron pocas las dificultades por las que pasó Jerónimo Gracián en Alcalá de Henares. Tenía a su favor el gran deseo de estudiar, una memoria prodigiosa y, especialmente, sus maneras modestas y educadas. Esas virtudes, como si fueran imanes, llamaron la atención de algunos profesores. Y esto fue una gran ayuda.

Fin de la parte II


José Alberto Pedra, OCDS (Brasil)
Traduccion al español, por Fray Luis David Perez

4 Cf. Gracián, Jerónimo – “Peregrinación de Anastasio”, Roma, Teresianum, Ed. Preparada por Juan Luis Astigarraga, 2001, p. 31

5 Cf. Stein, Edith – Source cachée: oeuvres spirituelles – Paris: Cerf, 1998, p. 69
6 Cf. Santa Teresa de Jesús – Fundaciones, 24, 2.